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(Rollo 11, # 27, originalmente cargada por ThisIsHav).
Todo lo que he hecho estos meses es escribirte cartas de amor. Escribirte aunque no leas lo que escribo, aunque no lo vayas a leer nunca. Eso no importa. Te escribo, es decir, te hago entrar en el texto como en un sueño. Como un sobreviviente del amor, dejo testimonio de esta imposibilidad que nuestro amor siempre ha sido.
Mi profesor me lo dijo hoy: las cartas de amor tienen que ser breves. Una o dos frases bien elegidas harán todo el trabajo y ella va a poder decir: me dijo esto. Una dos frases para que las memorices, para que sean el código postal que lleves contigo.
Trato de escribirte mi amor en una o dos frases. Vas a tener que saber reconocerlas para poder decirle a otros lo que te he dicho sólo a ti. Te escribo una o dos frases para que puedas contar nuestro secreto, ¿ves? Te ahorro tiempo: no vas a tener que resumir, vas a poder decirlo todo sin que ningún detalle se escape. Y si cuentas nuestro secreto entonces está todo decidido. El secreto debe circular, debe ser contado, gritado a los cuatro vientos incluso. Sólo contándolo el secreto permanece secreto.
Me vas a decir que lo que digo no es más que un vicio de intelectual, que estoy inventando. Me vas a preguntar de dónde saco estas cosas, me vas a decir que si se cuenta ya no es secreto. Tienes razón: el secreto no se cuenta, pero no se cuenta porque no se puede. Es imposible.
Quizás decirlo así: puedes cometer la infidencia de decir lo que te he dicho, puedes copiarlo en tu cuaderno y repetirles palabra por palabra todo lo que te he escrito. De nada sirve: hay algo que no vas a poder decir. Repítelo todo, usa mi tono, reproduce mis gestos, conviértete en mí, de todas formas algo quedará sólo entre los dos. El núcleo secreto del secreto sólo aparece cuando lo cuentas.
Anda, dilo, di que todo lo que he hecho estos meses es escribirte cartas de amor, diles que en cada cosa que escribo hay una o dos frases que son para ti y sólo para ti.
Cuéntalo todo, guarda el secreto.
(Julia Schucht, Delio Gramsci y Giuliano Gramsci).
Esta quizás sea una de las últimas cartas que Gramsci escribió. Está fechada a tres meses de su muerte.
¿ Cuánto cuesta una fotografía, A?
… quiero irremisiblemente una hermosa fotografía de los chicos y tuya. Una fotografía bien hecha, por un buen fotógrafo, y no un jueguecillo de aficionado. No entiendo por qué no me mandas más a menudo fotografías vuestras; ¿por el gasto? No lo creo. ¿Por otra razón? Han pasado ya más de diez años sin vernos; ¿por qué no vernos más a menudo de esa forma? Para mí la cuestión es distinta, muy distinta, y tú lo comprendes, según creo: 1° tendría que pasar por las gestiones de la policía, y este 1° es ya decisivo para mí. Cara Iulca, mándame buenas fotografías de todos, en grupo e individualmente. Cara, te abrazo,
Antonio.
— Antonio Gramsci. ‘Carta a Julia Schucht [Roma, 23-I-1937; L. C. 882]‘ en Antonio Gramsci, Antología (Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán; Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2006 [1970]), 513
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(ertyui1a, originalmente cargada por canyouseemysea).
A VVR
Debe ser difícil haber estudiado periodismo. No ser periodista, que es ya otra cosa, o quizás no, quizás es lo mismo. Yo no sé qué hubiera hecho si me hubiera visto forzado a trabajar como administrador público: hubiera vivido contradicciones que ahora sólo vivo superficialmente o a ratos. O bien, que no tomo en serio.
Si yo ejerciera como administrador público (o como cientista político, que es peor), me hubiera gustado que alguien como Marguerite Duras escribiera algo sobre ser administrador público. Quizás por eso voy a poner acá la cita que voy a poner acá. También lo hago como testimonio y como homenaje: testimonio de una época en que se podía decir esto del periodismo, aun cuando no se fuera periodista (y MD no lo era, era escritora y quizás haya sido la escritora, junto a Clarice Lispector), homenaje a los que aun siguen haciendo algo porque estas palabras tengan sentido:
No hay periodismo sin moral. Todo periodista es un moralista. Es absolutamente inevitable. Un periodista es alguien que mira el mundo y su funcionamiento, que lo vigila de muy cerca todos los días, que lo entrega para que se lo vea, que entrega al mundo y al acontecimiento para que se lo revise. Y no puede hacer ese trabajo y a la vez no juzgar lo que ve. Es imposible. Para decirlo de otra forma: la información objetiva es un error total. Es una mentira. No hay periodismo objetivo, no hay periodista objetivo. Me deshice de muchos prejuicios, y me parece que este es el principal: creer que la objetividad era posible cuando se relataba un acontecimiento.
Escribir para lo diarios es escribir al tiro. No esperar. La escritura debe estar afectada por esta impaciencia, por esta obligación de ir rápido y de descuidarla un poco. La idea del descuido con lo que se ha escrito no me molesta.
Mire, a veces hacía artículos para diarios. De tiempo en tiempo escribía afuera, cuando me sumergía en el afuera, cuando había cosas que me volvían loca, outside, en la calle – o cuando no tenía otra cosa mejor que hacer. Eso pasaba.
— Marguerite Duras, “Avant-propos”, en Outside (Paris: P.O.L Éditeur, 1984), 7
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(Untitled, originalmente cargada por macarena bravo).
Yo no sé bien qué pasaría si La tarjeta postal de Derrida fuera tan popular como Fragmentos de un discurso amoroso de Barthes. Me imagino a adolescentes mandando cartas (o mails) llenas de citas a los envíos. Me gustaría.
Las traducciones que pongo acá son de Haydée Silva.
*
¿A quién crees que le escriba? para mi eso resulta siempre más importante que saber qué se escribe
6 de junio de 1977
*
Tengo tanto que decirte y todo tendrá que ajustarse a instantáneas de tarjeta postal ‐ y dividirse allí enseguida. Cartas por pedacitos, rotas de antemano, recortadas, vueltas a cortar y cotejar. Tanto que decirte, pero todo y nada, más que todo, menos que nada ‐ decirte es todo, y una tarjeta postal lo soporta perfectamente, no debe ser sino un soporte desnudo, decirte a ti, a ti sola, desnuda. Lo que mi imagen
La confesión imposible (a la que nos arriesgamos, la que el otro que llevamos dentro supo arrebatarnos mediante ese atroz chantaje de amor verdadero), me imagino que sólo puede ser hecha a los niños, para los niños, los únicos que no pueden soportarla (dentro de nosotros, claro está, pues a los niños “reales” puede también importarles un pito) y son por ende los únicos en merecerla. A un adulto puede confesársele todo, por consiguiente todo y nada
8 de junio de 1977
Y ellos creen que somos dos, anhelan a toda costa, sin saber contar, aferrarse a esa necedad. Dos, ni más ni menos. Te veo sonreír conmigo, dulce amor mío
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(Untitled, originalmente cargada por margaritaitaita).
Te quiero, qué comienzo,
peor es tragar saliva
Siempre es lo mismo: leo por última vez el texto, trato de asegurarme de que todas las comas estén bien, de que no haya errores en los géneros, en los números, en las citas. Termino, me paro, prendo un cigarro. Y ahí, precisamente ahí, nunca antes, siempre de pie y siempre con un cigarro: el golpe. O algo que viene de golpe. Un “hay que decir otra cosa”. Il faut, es preciso, alguien debe: il faut que quelqu’un.
y peor aún este nudo en la garganta que toma los contornos
del mundo o la forma de un grano de ripio pegado a la planta de los pies
Viene de golpe y en varias voces. Un coro. Es la voz de E. preguntándome qué quiero decir, es la de voz M. interrogando sobre un punto que no cerré , es la voz de B. diciéndome “escribes como hablas”. Es voz la de tantos que hablan en mí. Es también los ojos de G., la sonrisa de A., el gesto de F., el silencio de M. Siempre el silencio de M. Me piden valentía, me piden que por fin diga lo que quiero decir, que tome la palabra y por fin lo diga. O que lo calle. Nunca se sabe bien.
a cada instante engaño
a cada instante me engañan
Esa exigencia viene siempre de fuera y siempre llega tarde. Me interrumpe y yo dejo que me interrumpa. Me quita el texto, lo hace suyo. Ya no es mi texto. Ya no es ni siquiera el de esas voces.
Toma nota, acompáñame
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(Untitled, originalmente cargada por ni nada bez mora).
Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir jamás me harán amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura
— Roland Barthes, Inexpresable amor
Sería necesario que alguien me informara que no se puede escribir sin pagar la deuda de la “sinceridad” (siempre el mito de Orfeo: no volverse a mirar)
— Roland Barthes, Inexpresable amor
No se puede regalar lenguaje (¿cómo hacerlo pasar de una mano a otra?), pero se lo puede dedicar […] No pudiendo dar nada, dedico la dedicatoria misma, en la que se absorbe todo lo que tengo que decir
— Roland Barthes, Dedicatoria
No puedo darte lo que he creído escribir para ti; a ello debo rendirme: la dedicatoria amorosa es imposible (no me contentaría con un encabezado mundano, perezoso de dedicarte una obra que se nos escapa a los dos). La operación en la que se apresa al otro no es un encabezado. Es, más profundamente, una inscripción: el otro está inscrito, se ha inscrito en el texto, dejó ahí su huella, múltiple. Si, de ese libro, tú no fueras más que quien lo dedica, no saldrías de tu dura condición de objeto (amado) –de dios-; pero tu presencia en el texto, por lo mismo que eres allí irreconocible, no es la de una figura analógica, la de un fetiche: es la de una fuerza, que no está, desde ese momento, segura
— Roland Barthes, Dedicatoria
(Todo desde Fragmentos de un discurso amoroso (que yo hubiera traducido como Pedacitos de un discurso enamorado), traducido por Eduardo Molina y editado por Siglo Veintiuno en 1982)
(01, originalmente cargada por 朴白).
Dile a la luna que venga
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena
— Federido García Lorca, “La sangre derramada” en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
Escribo poco acá, en este blog. Razón (técnica): no sé escribir en el computador, tengo que transcribir desde cuadernos u hojas sueltas, todas convenientemente clasificadas en una carpeta con separadores que me regaló Gabriela. Ese no-poder-escribir-en-el-computador es un tema frecuente en mis conversaciones con Ernesto. A él también cuesta, y siempre nos soprendemos de la gente que sí puede (el otro día me decía que Gonzalo escribía todos sus apuntes en el computador, que él (Ernesto) creía que hacía falta un método tremendo para lograrlo. También dijo “no sé cómo mierda”).
Roland Barthes cuenta que escribía a mano hasta que Philippe Sollers lo convenció de que con un cierto ritmo era posible usar la máquina de escribir naturalmente, como si se escribiera a mano. Una cuestión de ritmo, incluso de compás; Roberto Bolaño escribía en computador las novelas y a mano los poemas; Blanchot, me parece, escribía a máquina (aunque las cartas sí las escribía a mano). De todas formas, Ramón Méndez cuenta que en sus días mexicanos Bolaño escribía de 4 a 8 de la mañana, me imagino que a mano. Barthes escribía en la mañana, y ya de adulto Bolaño también usaba las mañanas. Maurice Blanchot, de noche (porque no le quedaba otra, selon lui).
Me obsesiona un poco el asunto de los instrumenos de escritura y los horarios de escritura. Cuando leí Una relación casi maníaca con los instrumentos gráficos adopté el horario de Barthes (con desfase de media hora). Resultó un tiempo pero luego volví a escribir de noche. Tengo a mi favor a Pizarnik y a Mistral, que no sé si escribían de noche pero sí que no querían que llegara el día (¿cuál día?).
(Es crudo el amanecer. Un miedo terrible a que amanezca y yo esté despierto).
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Quería decírselo a usted. Si yo fuera joven, si tuviera dieciocho años, si aún no supiera nada de la separación entre la gente y la inmovilidad casi matemática de esta separación, entre las personas, haría lo mismo que ahora, haría los mismos libros, el mismo cine. Es decir, me quedé en los dieciocho años, como ellos, esos lectores, esos espectadores primeros. Si hubiera muerto ayer habría muerto a los dieciocho años. Si muero dentro de un decenio, me habré ido también a los dieciocho años.
Le diré asimismo que uno cree que no puede sobrevivir al conocimiento de estos datos ominosos de la separación irremediable de la gente. Pero no es verdad. Se sobrevive. Se puede. Se hace lo que se puede.
Antes, cuando era aún joven, creía, al menos lo decía, que entre los datos horribles de estos conocimientos, el único lugar habitable era el de la conjugación entre la memoria y el olvido de estos datos. No recordar, no haber olvidado. Ahora que creo que estas palabras me fueron dictadas, me las dictaron los hombres que conocí; carecen de sentido, atañen a la inmensidad de la tontería general, al espacio oscuro, de la misma manera que atañen a la obediencia al poder, la timidez frente a la irresponsabilidad criminal del proletariado, y que las palabras se inventaron para camuflar la deslumbradora tentación del único comportamiento aceptable de los pueblos, tanto de cara al poder que los gobierna, venga de donde venga y sea de la índole que sea, como de cara a esa esperanza podrida en la misión redentora y constructora del proletariado, hablo de lo que no es materia de enseñanza, de lo que escapa a toda codificación, a toda escolarización, de lo que no se puede aconsejar ni enseñar, hablo de indiferencia. La nueva gracia de un cielo sin Dios.
— Marguerite Duras, “Quería decírselo a usted” en Los ojos verdes
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(felip @ santa lucía., originalmente cargada por hav).
Cierta improductividad desde que volví a Santiago después de Navidad. Incapacidad relativa para concentrarme, para dejarme “atrapar” por un texto (excepto Barthes, claro) (Enero 4, 2011)
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Lo que me gusta de las plumas es que, por el ángulo o algo así, hay que inclinarse, volcarse sobre el papel (Septiembre 23, 2010)
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Mi voluntad, temprana y constante, de dormir en el piso ¿significará algo? (Agosto 9, 2010)
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