Una nueva vuelta del interminable ballet


La noche, el trabajo
octubre 27, 2011, 3:57 am
Archivado en: Escribir(se)

(Untitled, originalmente cargada por margaritaitaita).

Te quiero, qué comienzo,
peor es tragar saliva

Siempre es lo mismo: leo por última vez el texto, trato de asegurarme de que todas las comas estén bien, de que no haya errores en los géneros, en los números, en las citas. Termino, me paro, prendo un cigarro. Y ahí, precisamente ahí, nunca antes, siempre de pie y siempre con un cigarro: el golpe. O algo que viene de golpe. Un “hay que decir otra cosa”. Il faut, es preciso, alguien debe: il faut que quelqu’un.

y peor aún este nudo en la garganta que toma los contornos
del mundo o la forma de un grano de ripio pegado a la planta de los pies

Viene de golpe y en varias voces. Un coro. Es la voz de E. preguntándome qué quiero decir, es la  de voz M. interrogando sobre un punto que no cerré , es la voz de B. diciéndome “escribes como hablas”. Es voz la de tantos que hablan en mí. Es también los ojos de G., la sonrisa de A., el gesto de F., el silencio de M. Siempre el silencio de M. Me piden valentía, me piden que por fin diga lo que quiero decir, que tome la palabra y por fin lo diga. O que lo calle. Nunca se sabe bien.

a cada instante engaño
a cada instante me engañan

Esa exigencia viene siempre de fuera y siempre llega tarde. Me interrumpe y yo dejo que me interrumpa. Me quita el texto, lo hace suyo. Ya no es mi texto. Ya no es ni siquiera el de esas voces.

Toma nota, acompáñame



Pedacitos de un discurso enamorado
octubre 11, 2011, 12:00 am
Archivado en: Leer(se)

(Untitled, originalmente cargada por ni nada bez mora).

Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir jamás me harán amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura

— Roland Barthes, Inexpresable amor

Sería necesario que alguien me informara que no se puede escribir sin pagar la deuda de la “sinceridad” (siempre el mito de Orfeo: no volverse a mirar)

— Roland Barthes,  Inexpresable amor

No se puede regalar lenguaje (¿cómo hacerlo pasar de una mano a otra?), pero se lo puede dedicar […] No pudiendo dar nada, dedico la dedicatoria misma, en la que se absorbe todo lo que tengo que decir

— Roland Barthes, Dedicatoria

No puedo darte lo que he creído escribir para ti; a ello debo rendirme: la dedicatoria amorosa es imposible (no me contentaría con un encabezado mundano, perezoso de dedicarte una obra que se nos escapa a los dos). La operación en la que se apresa al otro no es un encabezado. Es, más profundamente, una inscripción: el otro está inscrito, se ha inscrito en el texto, dejó ahí su huella, múltiple. Si, de ese libro, tú no fueras más que quien lo dedica, no saldrías de tu dura condición de objeto (amado) –de dios-; pero tu presencia en el texto, por lo mismo que eres allí irreconocible, no es la de una figura analógica, la de un fetiche: es la de una fuerza, que no está, desde ese momento, segura

— Roland Barthes, Dedicatoria

(Todo desde Fragmentos de un discurso amoroso (que yo hubiera traducido como Pedacitos de un discurso enamorado), traducido por Eduardo Molina y editado por Siglo Veintiuno en 1982)




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