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(+++, originalmente cargada por grapesgrapes).
Esto lo escribí cuando volví de Bolivia. Verano de 2007. Ya no escribo así. Suddenly everything has changed.
La historia empieza un quince de enero, pero acá decir quince de enero es lo mismo que decir diez de marzo o veintitrés de octubre, o gato o papel o tengo frío.
Las partes se mezclan, se pierden, vuelven, se pierden de nuevo y vuelven de vez en cuando.En la historia está Fabo y estoy yo, y está Bolivia: sus calles, sus gentes, sus olores, sus sabores, sus sonidos, sus dolores. Está Nico, Andrés, Negra, Ana, Javiera. Está la gente en los terminales, en las residenciales, en las plazas.
Las imágenes de esas dos semanas y media se me aparecen a ratos. El salar de Uyuni, Alasitas, el puente en La Paz, la noche en el tren, las calles de Sucre, las escaleras en Isla del Sol, Cortázar, Marías, la francesa. Todo mezclado. (Valentía sudamericana: viajar leyendo a Cortázar).
No hay fotos ni grabaciones de esos días. Yo no llevé cámara. El disco duro de Fabo falló y las fotos se perdieron. Los mapas también los perdí.
Viajes sin registro, viajes míticos. Historias sin tiempo. “Hermosos instantes sin memoria/como poesías perdidas por Bertran de Born/y leyendas mesoamericanas/[...]/Hermosos momentos sin cartografía/ni valerosos capitanes/que garanticen el retorno a casa”.
Podría ser mentira que una vez estuvimos en Bolivia.
Igual que en El Zahir, la línea 11 de Jactancia de quietud va llenando cada vez más espacio. Al principio quise anotarla en esa especie de diario de lecturas y ocurrencias que mi porfía insiste en llevar. La anoté y me quedé tranquilo, pero unos días después me sorprendí repitiéndolo mentalmente. Incluso me había acostumbrado a pensarla cada cierto tiempo, pero ayer por primera vez me escuché diciendo el tiempo está viviendome y me asusté un poco. Me asusté de mi mismo en todo caso, porque no es nada grave. El verso me gusta y la historia de El Zahir es buena, pero eso no la hace más real que una mala. Igual, no voy a negar que me parecería entretenido que el verbo se hiciera carne y precisamente una línea de Borges fuera mi zahir.
La primera vez fue en una casa con vista al dudoso mar de San Antonio, la segunda en el decimoquinto piso de un departamento con vista a Torre Entel (sin adjetivos). Me imagino que hubo dos años de diferencia entre una y otra vez, y que la primera no leí o no supe leer el epigrafe. Prefiero pensar lo primero, porque haber ignorado los versos de Mario Santiago (“Si he de vivir/que sea sin timón y en el delirio”) me parece un error terrible.
II.
Llevo unos meses viviendo con timón y cordura.
III.
El fantasma de Mario Santiago me va a venir a visitar, el fantasma de Mario Santiago me va a venir a visitar y de fondo va a sonar Trane o King Lizard, depende.
1: La pista de hielo está en la Biblioteca virtual. El link (casi) directo es http://www.esnips.com/doc/5ed512c2-99b5-4b08-acdd-dfbcafc0dc8a/Bola%C3%B1o,-Roberto—Pista-de-hielo
La vecina está haciendo lentejas. Qué ganas de que me venga a dar. Que me venga a dar aunque sea porque vive solito, porque anda desabrigado, porque pobre cabro, porque se debe morir de hambre, porque llega tan tarde, porque no hace ni fiestas, no debe tener muchos amigos en Santiago, porque debe estudiar tanto, imagínese. Aunque fuera por eso, vecina: traígame un platito que sea.
Hace unas semanas escribí que la poesía de Raymond Carver me parecía sincera. Creo que esa declaración necesita una aclaración, una nota al pie. Un post scriptum, en este caso.
Raymond Carver no es sincero, no puede ser sincero, si eso significa decir lo que se siente tal y como se lo siente. No puede decirse toda la verdad, nunca. Escribir sobre el dolor no es escribir en el dolor.
Pero quizás haya aún otra forma de ser sincero y en esa sí entra Carver. Se trata de enfrentar directamente el asunto, el asunto del dolor por ejemplo. (Me) Da la impresión de que Carver habla del dolor sin artificios, que lo aborda más como testimonio que como tema literario.
No sabemos, no podríamos saber, si Carver sintió lo que dice que sintió cuando el médico le dijo lo de su enfermedad. En fin, no podemos saber si Carver nos da su testimonio, pero sí podemos saber que escribe, por así decirlo, con la forma de un testimonio. Escribe un testimonio que no necesariamente es el suyo.
Probablemente esto también necesite una nota aclaratoria. Una nota aclaratoria y muchas retractaciones, si es que esa palabra existiera.
Quiero irme relativamente lejos y morir como dice la leyenda que murió Tolstói o Tolstoi o Tolstoy, pero en un terminal de buses (mi fantasía es humilde, está ambientada en Sudamérica). De todas formas, algunas fuentes dicen que Tolstói murió en la casa del jefe de estación de Astapovo, yo quiero morir en el terminal mismo.
Este pensamiento se autodestruirá en 15 minutos: todo el mundo fantasea con una muerte dramática.
El epígrafe de Va por ti Jesús Luis, de Mario Santiago, es un poema de Robert Lowell. O eso dice Mario Santiago que es. Yo no sabría decir, porque no tiene más datos que el nombre del poeta abajito y con esta gente uno nunca sabe.
De todas formas, dice así:
Los amigos son tan
pero tan espeluznantemente bellos
que yo les gritaría Bienvenidos
Gozozo: lleno de lágrimas
Así vinieran del infierno
Son buenos esos versos. Primero porque no dice simplemente “bellos” sino “espeluznantemente bellos”.
Segundo, y más importante, porque no se trata de no permitir que caigan en el infierno ni de ir a buscarlos si es necesario. Se trata de recibirlos lleno de gozo cuando quieran venir. Una amistad à la Raymond Carver: sin heroísmos.
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Ernesto y Paloma mandaron cuentos al concurso de Metro. Yo pensé en mandar, pero entre que no me atrevía y no se me ocurría nada.
Supongo que de haber mandado, habría mandado algo así como un pedazo de una historia grande y no una historia chiquita. Es obvio que un fragmento es ya una historia, pero me imaginaba escribiendo una historia más bien larga y cortando un pedacito al azar. A lo mejor lo hago igual. (Miseria de la vida: necesitar un concurso de Metro para animarse a escribir).
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En Abril del ‘63 Pizarnik escribió: “¿La poesía me ayuda? No. Ni leerla ni escribirla”.
Unos meses después, A. escribía sobre la “imposibilidad de la poesía” y se animaba a escribir para convencerse de que esa imposibilidad era falsa. Ahí está todo, creo yo, por eso se la odia, pero por eso mismo se la ama: porque sale a perder por knockout y no le importa, porque sabe que es indecible lo que es, pero ahí vamos. Porque “la poesía es más valiente que nadie”(1), porque “entre la lluvia y la vida hay que elegir la lluvia”(2).
(1): Roberto Bolaño, en “El gusano”, La universidad desconocida, Anagrama, Barcelona, 2007.
(2): Jorge Teillier, en “Lluvia inmóvil”, Para un Pueblo Fantasma, EDEVAL, Valparaíso, 2004.
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Entonces habría que tirarse en el pasto a escuchar Almendra (o Stones, depende) y apenas empiece a oscurecer bajar por El golf y doblar a la derecha en la plaza del hoyo y llegar a la placita escondida y subirse a la roca y mirar la playa y volver a comer algo rico mientras vemos películas y estamos así bien free. sin comas, porque sería sin pausas.


