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Quítame el espejo
de la piel como la nieve
el apuro de toda ceniza
archívame en la copia
de tu copia, en el número
de tu hallazgo, en la sílaba
final de tu silencio.
— Alfonso Alcalde, ‘Quítame el espejo de la piel’ en El panorama ante nosotros (Valparaíso: Ediciones Altazor, 2007).
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1945: Denise Rollin y Maurice Blanchot comienzan una especie de relación amorosa. Blanchot ya no está en Paris pero viaja a verla de cuando en cuando, no muchas veces al año. Jean Rollin, que en ese momento es un niño, dice acordarse de un hombre alto, con pinta de enfermo. Cuenta también que cuando llegaba Blanchot había que guardar silencio.
Hay cartas. Christophe Bident copia algunas líneas en Partenaire invisible, pero fuera de eso no están publicadas ni parece que lo vayan a estar.
*
Dos fragmentos de cartas de Rollin:
Todo lo que no es cuestión de vida o muerte debe ser suprimido, no puedo vivir nada que no sea absoluto (…) Mi absoluto es estar sola
Si yo supiera escribir diría las cosas sin ‘Yo’ porque realmente las pienso sin ‘yo’. Sólo hay ’yo’ porque hay ‘nosotros’
Blanchot le escribe:
No nos comunicamos plenamente con alguien sino captando, no lo que es, sino lo que nos separa. Su ausencia más que su presencia, o mejor todavía: el movimiento infinito para superar y hacer renacer esa ausencia
También traduce a Nietzsche y le manda esto:
Hacia mí avanza el sol, el más solitario de todos. Viniste. Somos amigos desde el comienzo: comunes son nuestras tristezas, nuestros miedos, nuestra razón-sinrazón. Hasta el sol nos es común. No nos hablamos porque sabemos demasiado: nos callamos, sonreímos y así se dice el saber entre nosotros… Lo que no es común, el Sí sin medida, sin fin
Una más de Rollin:
Hace ya 14 años que rechacé a Maurice Blanchot, el único ser que me estaba ‘destinado’
*
En los ’50 Michel Foucault soñaba con ser Blanchot.
*
Totalmente desarmado después de traducir, y sin embargo…
*
[Todas las citas son de Christophe Bident. Maurice Blanchot. Partenaire invisible. (Seyssel : Éditions Champ Vallon, 1998). Las traducciones son todo lo mías que pueden ser].
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La esperma sucia de una vela
y la incapacidad tuya
para decirme las cosas
está definiendo de alguna manera
mis días. No creo tener
el alcance que tu reclamas
ni la tranquilidad ni los dolores
calmos que tanto te hacen falta.
Las cosas se delinean en la fineza
de sus contornos, y aquí
la esperma se ha mezclado
con la mecha negra quemada.
Lo único que se me ha ocurrido hacer
ya estaba hecho por otro
y mis libros nunca
salieron de mi casa.
Para tu seca belleza extranjera
mal vistas son las despedidas,
yo por mi parte, no tengo qué hacer
sino poner la vista en
los edificios de enfrente,
recordar el patio de mi colegio
formado para entrar a clases
y de esta manera
encubrir el imposible
olvido de estar arriba
o abajo tuyo. Debí aspirar
una vida común,
seca de rabia y sin
tanta ostensible pasión.
Ninguna tarde más
será regada con tu fría mirada
ni sabré cómo me queda
la ropa. Te fuiste sin haber
llegado y yo con el aire
entre los dedos,
reclamo ceguera
en asuntos de amor
— Matías Rivas, ‘La esperma sucia de una vela’ en Francisca Lange (comp.), Diecinueve (poetas chilenos de los noventa) (Santiago: J.C. Sáez editor, 2006)
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Una cierta melancolía del retrato: verlo y decir “es como si la estuviera viendo”. Querían, porque eso querían, que fuera obra de la genialidad de un pintor, de un dibujante, de un fotógrafo. Querían que hubiera un parecerse antes de del retrato, que el retrato fuera posible antes del retrato. Cosa de reproducir. Pero el retrato se escapa, un retrato funciona solo. Una cierta melancolía: tu ausencia.
Poco a poco nos hemos dado cuenta de esto: un retrato no se parece a un rostro porque se lo haga parecido a él. Sólo con y en el retrato el parecerse comienza y existe. El parecido es su obra, su gloria o su desgracia, está ligado a la condición de obra del retrato, expresa el hecho de que el rostro no está ahí, que está ausente, que no aparece sino a partir de la ausencia que es precisamente el parecido
- Maurice Blanchot, ‘Le Musée, l’Art et le Temps’ en Maurice Blanchot, L’amitié (Paris: Éditions Gallimard, 1971), 43. Traducción mía.
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(tower/river, originalmente cargada por Beaulawrence).
Recuerda, Mario, la poesía ha hundido
a muchos; si los días favorecen la extensión
del viento, es porque el viento se extiende
con fuerza y ya nada queda por hacer sino
decir sí o no y contemplar esas manchas; nuestros
trabajos, por así decirlo, nos han arruinado
un buen número de sueños y el bosque
sigue intacto. ¿Cuál es el tamaño de nuestra
leyenda? Pobres muchachos arrastrados por la marea.
Un techo de estalactitas siempre se movió sobre
los caminos rurales. Y de tantas formas extremas
de comunicarnos ya sólo quedan mapas que ni el más joven
de nosotros puede leer. O tal vez sí. No lo sé.
Es difícil caminar una ciudad sin amor, pero
es más difícil caminar amando, como lo hicimos
nosotros en México D. F.Roberto Bolaño
Barcelona, julio 1978
— Roberto Bolaño, ‘Postal para Mario Santiago’ en Andrés Braithwaite (ed.), Gutiérrez, textos inéditos (Santiago de Chile: Andrés Braithwaite, 2005)
(Julia Schucht, Delio Gramsci y Giuliano Gramsci).
Esta quizás sea una de las últimas cartas que Gramsci escribió. Está fechada a tres meses de su muerte.
¿ Cuánto cuesta una fotografía, A?
… quiero irremisiblemente una hermosa fotografía de los chicos y tuya. Una fotografía bien hecha, por un buen fotógrafo, y no un jueguecillo de aficionado. No entiendo por qué no me mandas más a menudo fotografías vuestras; ¿por el gasto? No lo creo. ¿Por otra razón? Han pasado ya más de diez años sin vernos; ¿por qué no vernos más a menudo de esa forma? Para mí la cuestión es distinta, muy distinta, y tú lo comprendes, según creo: 1° tendría que pasar por las gestiones de la policía, y este 1° es ya decisivo para mí. Cara Iulca, mándame buenas fotografías de todos, en grupo e individualmente. Cara, te abrazo,
Antonio.
— Antonio Gramsci. ‘Carta a Julia Schucht [Roma, 23-I-1937; L. C. 882]‘ en Antonio Gramsci, Antología (Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán; Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2006 [1970]), 513
(ertyui1a, originalmente cargada por canyouseemysea).
A VVR
Debe ser difícil haber estudiado periodismo. No ser periodista, que es ya otra cosa, o quizás no, quizás es lo mismo. Yo no sé qué hubiera hecho si me hubiera visto forzado a trabajar como administrador público: hubiera vivido contradicciones que ahora sólo vivo superficialmente o a ratos. O bien, que no tomo en serio.
Si yo ejerciera como administrador público (o como cientista político, que es peor), me hubiera gustado que alguien como Marguerite Duras escribiera algo sobre ser administrador público. Quizás por eso voy a poner acá la cita que voy a poner acá. También lo hago como testimonio y como homenaje: testimonio de una época en que se podía decir esto del periodismo, aun cuando no se fuera periodista (y MD no lo era, era escritora y quizás haya sido la escritora, junto a Clarice Lispector), homenaje a los que aun siguen haciendo algo porque estas palabras tengan sentido:
No hay periodismo sin moral. Todo periodista es un moralista. Es absolutamente inevitable. Un periodista es alguien que mira el mundo y su funcionamiento, que lo vigila de muy cerca todos los días, que lo entrega para que se lo vea, que entrega al mundo y al acontecimiento para que se lo revise. Y no puede hacer ese trabajo y a la vez no juzgar lo que ve. Es imposible. Para decirlo de otra forma: la información objetiva es un error total. Es una mentira. No hay periodismo objetivo, no hay periodista objetivo. Me deshice de muchos prejuicios, y me parece que este es el principal: creer que la objetividad era posible cuando se relataba un acontecimiento.
Escribir para lo diarios es escribir al tiro. No esperar. La escritura debe estar afectada por esta impaciencia, por esta obligación de ir rápido y de descuidarla un poco. La idea del descuido con lo que se ha escrito no me molesta.
Mire, a veces hacía artículos para diarios. De tiempo en tiempo escribía afuera, cuando me sumergía en el afuera, cuando había cosas que me volvían loca, outside, en la calle – o cuando no tenía otra cosa mejor que hacer. Eso pasaba.
— Marguerite Duras, “Avant-propos”, en Outside (Paris: P.O.L Éditeur, 1984), 7
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(Untitled, originalmente cargada por macarena bravo).
Yo no sé bien qué pasaría si La tarjeta postal de Derrida fuera tan popular como Fragmentos de un discurso amoroso de Barthes. Me imagino a adolescentes mandando cartas (o mails) llenas de citas a los envíos. Me gustaría.
Las traducciones que pongo acá son de Haydée Silva.
*
¿A quién crees que le escriba? para mi eso resulta siempre más importante que saber qué se escribe
6 de junio de 1977
*
Tengo tanto que decirte y todo tendrá que ajustarse a instantáneas de tarjeta postal ‐ y dividirse allí enseguida. Cartas por pedacitos, rotas de antemano, recortadas, vueltas a cortar y cotejar. Tanto que decirte, pero todo y nada, más que todo, menos que nada ‐ decirte es todo, y una tarjeta postal lo soporta perfectamente, no debe ser sino un soporte desnudo, decirte a ti, a ti sola, desnuda. Lo que mi imagen
La confesión imposible (a la que nos arriesgamos, la que el otro que llevamos dentro supo arrebatarnos mediante ese atroz chantaje de amor verdadero), me imagino que sólo puede ser hecha a los niños, para los niños, los únicos que no pueden soportarla (dentro de nosotros, claro está, pues a los niños “reales” puede también importarles un pito) y son por ende los únicos en merecerla. A un adulto puede confesársele todo, por consiguiente todo y nada
8 de junio de 1977
Y ellos creen que somos dos, anhelan a toda costa, sin saber contar, aferrarse a esa necedad. Dos, ni más ni menos. Te veo sonreír conmigo, dulce amor mío
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(Untitled, originalmente cargada por ni nada bez mora).
Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir jamás me harán amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura
— Roland Barthes, Inexpresable amor
Sería necesario que alguien me informara que no se puede escribir sin pagar la deuda de la “sinceridad” (siempre el mito de Orfeo: no volverse a mirar)
— Roland Barthes, Inexpresable amor
No se puede regalar lenguaje (¿cómo hacerlo pasar de una mano a otra?), pero se lo puede dedicar […] No pudiendo dar nada, dedico la dedicatoria misma, en la que se absorbe todo lo que tengo que decir
— Roland Barthes, Dedicatoria
No puedo darte lo que he creído escribir para ti; a ello debo rendirme: la dedicatoria amorosa es imposible (no me contentaría con un encabezado mundano, perezoso de dedicarte una obra que se nos escapa a los dos). La operación en la que se apresa al otro no es un encabezado. Es, más profundamente, una inscripción: el otro está inscrito, se ha inscrito en el texto, dejó ahí su huella, múltiple. Si, de ese libro, tú no fueras más que quien lo dedica, no saldrías de tu dura condición de objeto (amado) –de dios-; pero tu presencia en el texto, por lo mismo que eres allí irreconocible, no es la de una figura analógica, la de un fetiche: es la de una fuerza, que no está, desde ese momento, segura
— Roland Barthes, Dedicatoria
(Todo desde Fragmentos de un discurso amoroso (que yo hubiera traducido como Pedacitos de un discurso enamorado), traducido por Eduardo Molina y editado por Siglo Veintiuno en 1982)
(01, originalmente cargada por 朴白).
Dile a la luna que venga
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena
— Federido García Lorca, “La sangre derramada” en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
Escribo poco acá, en este blog. Razón (técnica): no sé escribir en el computador, tengo que transcribir desde cuadernos u hojas sueltas, todas convenientemente clasificadas en una carpeta con separadores que me regaló Gabriela. Ese no-poder-escribir-en-el-computador es un tema frecuente en mis conversaciones con Ernesto. A él también cuesta, y siempre nos soprendemos de la gente que sí puede (el otro día me decía que Gonzalo escribía todos sus apuntes en el computador, que él (Ernesto) creía que hacía falta un método tremendo para lograrlo. También dijo “no sé cómo mierda”).
Roland Barthes cuenta que escribía a mano hasta que Philippe Sollers lo convenció de que con un cierto ritmo era posible usar la máquina de escribir naturalmente, como si se escribiera a mano. Una cuestión de ritmo, incluso de compás; Roberto Bolaño escribía en computador las novelas y a mano los poemas; Blanchot, me parece, escribía a máquina (aunque las cartas sí las escribía a mano). De todas formas, Ramón Méndez cuenta que en sus días mexicanos Bolaño escribía de 4 a 8 de la mañana, me imagino que a mano. Barthes escribía en la mañana, y ya de adulto Bolaño también usaba las mañanas. Maurice Blanchot, de noche (porque no le quedaba otra, selon lui).
Me obsesiona un poco el asunto de los instrumenos de escritura y los horarios de escritura. Cuando leí Una relación casi maníaca con los instrumentos gráficos adopté el horario de Barthes (con desfase de media hora). Resultó un tiempo pero luego volví a escribir de noche. Tengo a mi favor a Pizarnik y a Mistral, que no sé si escribían de noche pero sí que no querían que llegara el día (¿cuál día?).
(Es crudo el amanecer. Un miedo terrible a que amanezca y yo esté despierto).






